viernes, 19 de agosto de 2011

La prevención de la violencia

Según un informe publicado recientemente por Naciones Unidas, más de diez millones de personas del Cuerno de África se están viendo afectadas por la peor sequía en 60 años, lo que está causando una grave crisis alimentaria en grandes áreas de Somalia, Etiopía, Yibuti y Kenia. La situación afecta en especial a Somalia, un Estado fallido en situación de conflicto armado, lo que provoca el desplazamiento de miles de personas hacia Kenia, país en el que el precio del grano se ha incrementado en porcentajes intolerables, colocando en una situación límite a muchas familias pobres.

Esta noticia es clásica de una situación de crisis que combina elementos naturales (sequía), estructurales (países sin un Estado que funcione correctamente) y humanos (conflicto armado). Es la peor combinación posible, porque sólo permite remedios paliativos, pero no definitivos. Ante la crisis, el Programa Mundial de Alimentos (PAM) puede activar sus mecanismos de alerta, aunque hay que advertir que lamentablemente este organismo tan vital se encuentra igualmente con una falta de recursos económicos que afecta a su operatividad, concretamente en Somalia. Puede que haya que activar ahora la red mundial de donación de alimentos impulsada por España y Brasil, por la que uno aporta excedentes y el otro los reparte. Pero a pesar de estas medidas, un país como Somalia quedará expuesto a futuras calamidades por la existencia de un conflicto armado y de problemas internos que impiden construir un Estado con capacidad de atender a su población en lo más básico. Mientras no haya solución política al conflicto no habrá capacidad preventiva interna, que es una distinción de los países con una buena gobernanza.

Las revueltas en el mundo árabe de estos últimos meses han sido también un toque de humildad para los centros de alerta y para las diplomacias preventivas. Nadie previó lo que iba a suceder, y nadie imaginaba que los acontecimientos derivarían en tan pocas semanas en cambios de régimen en Túnez y Egipto. A lo más que se ha llegado es a hacer especulaciones sobre hasta dónde llegarían las crisis de otros países con revueltas populares, como en Yemen, o sobre si las reformas impulsadas en algunos países, como Marruecos, serían suficientes para calmar los ánimos e iniciar nuevas dinámicas políticas y socioeconómicas que permitan iniciar “transiciones”. Ahí sí que se vislumbra un amplio campo de acciones preventivas para mejorar en primera instancia la calidad democrática de muchos países y, de paso, sentar las bases para un desarrollo humano de dichas sociedades. En este sentido, y apelando a la teoría elemental de los conflictos, tenemos que recordar que la conflictividad subyacente en estos países, lejos de ser motivo de temores, ha de ser el motor de los cambios que necesitan. El conflicto es bueno por naturaleza si no va acompañado por violencia, por lo que todo el arte de la prevención de conflictos reside en cómo estimular cambios en los statu quo indeseables sin que haga acto de presencia la violencia física y destructiva. En otras palabras, la prevención de conflictos no es para mantener situaciones de injusticia o de mal desarrollo, sino para producir alteraciones del orden en procura de situaciones más beneficiosas. Para decirlo en términos actuales, la prevención de conflictos no puede estar desligada de la “indignación” de aquellos colectivos, en multitud de países, que sufren atentados a su dignidad. Por el contrario, debería ser el catalizador de cambios estructurales que vayan a la raíz de las desigualdades y que alienten la democracia participativa, el respeto por los derechos humanos y el pleno ejercicio de la libertad.

En realidad, más que hablar de prevención de conflictos de lo que debería hablarse es de prevención de la violencia en los conflictos. En todo caso, no puede tolerarse por más tiempo que las políticas de prevención de conflictos sean un acopio de frustraciones sobre lo que podría y debería hacerse y no se hace. Tenemos suficientes mecanismos de alerta en el planeta para estar informados sobre lo que se avecina. Organismos como International Crisis Group y su informe mensual Crisis Watch nos alertan de los países que entran en crisis. Los informes mensuales de la Escola de Cultura de Pau (www.escolapau.org) muestran igualmente las situaciones de empeoramiento que requieren de actuaciones nacionales, regionales o internacionales sobre contextos económicos, políticos o sociales que están en niveles delicados y que, de no intervenir, cruzarán los umbrales de violencia no deseable. Naciones Unidas dispone de redes informativas como Reliefweb (www.reliefweb.org) que conectan a ONG, agencias de información y organismos del sistema de Naciones Unidas, para estar al corriente, en tiempo real, de cuanto sucede en el mundo. Si falla algo, no son los sistemas de alerta temprana, sino los de respuesta inmediata y eficiente, sea por falta de recursos económicos o, la mayor parte de los casos, por ausencia de una voluntad política real, que no es otra cosa que el resultado de falta de humanidad. Desgraciadamente, la mayor parte de las veces no nos sentimos interpelados por lo que ocurre en otras latitudes, a menos que se produzca un efecto mediático especial. Cambiar esa realidad es el reto que tenemos enfrente y lo que puede convertir la prevención de la violencia en los conflictos en un instrumento de dignificación y cambio.

Vicenç Fisas
Director de la Escuela de Cultura de Paz de la Universitat Autònoma de Barcelona
Ilustración por Alberto Aragón

Fuente: Público

http://blogs.publico.es/dominiopublico/3857/la-prevencion-de-la-violencia/



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