martes, 18 de septiembre de 2012

¿Cómo que Rescatar el Congreso?

El debate está servido desde el verano: ¿debe participar el 15M en la Convocatoria del 25S o mantener una posición de distancia crítica? En lo que sigue, se trata de argumentar por qué, con los nuevos contenidos y con la entrada en escena de la Coordinadora 25S, apoyada cada vez más por miembros y asambleas del 15M de toda España, el escenario planteado por la convocatoria inicial de la Plataforma en Pie (PEP) se ha ampliado hasta el punto de abrir una nueva reflexión sobre la acción y una invitación a la participación.

Aunque en un principio se subrayó en algunas informaciones que la orientación hacia la consigna “Rescata el Congreso”, propuesta y consensuada en la asamblea de la Convocatoria 25S, era una fórmula que pretendía sortear la criminalización que, por las posibles resonancias “golpistas”, podía albergar el significado “ocupación”, el acento mediático en la “no violencia” dejó de lado algo más importante: la intencionalidad política y estratégica del desplazamiento. En este sentido, lo que se discutía, entre otras cosas, era si el importante debate del poder constituyente debía estar subordinado a una discusión previa sobre la configuración de la hegemonía y un mayor acento en la construcción de poder político.

Es decir, este mayor énfasis en el “rescate” no solo no buscaba de forma más o menos medrosa “no causar pánico” y subrayar el carácter no violento de la acción (un punto, no obstante, relevante, a la vista de que, como se criticó en las redes sociales, la mayor “apuesta” de desobediencia civil y la arriesgada cita a la que invitaba la PEP “chocaban”, digámoslo así, con su voluntad de anonimato); era una estrategia que priorizaba ganarse políticamente el asentimiento de una población damnificada que asiste a la clausura del horizonte de lo posible por la supeditación de su soberanía a la lógica puramente tecnocrática de la “troika” y la complicidad de la mayoría del arco parlamentario.

Bajo esta lectura de la situación actual, cada vez más percibida como un “secuestro” de todo proceso democrático de deliberación colectivo, el giro estratégico de la “ocupación” al “rescate” –como se debatió en la Asamblea General que tuvo lugar el domingo 2 de septiembre en el Retiro madrileño- no se orientaba de ningún modo, como parece obvio, a “salvar” literalmente el Congreso ni a sus diputados, como recompensándoles, por así decir, por su papel de víctimas en la crisis; más aún, como si estos no fueran cómplices y responsables de esta claudicación. Nada de eso. Tenía más bien como una de sus intenciones implícitas reformular y combatir con cierta voluntad de eficacia el marco hegemónico desde el que neoliberalismo sigue explotando ideológicamente a su beneficio la actual crisis. En pocas palabras, “rescatar el Congreso” no significaba exaltar la lógica parlamentaria efectivamente existente, aunque abstracta, que padecemos, considerándola como el horizonte que agota lo político, sino rescatar la democracia entendida como marco de la voluntad popular soberana.

Subrayar el “rescate” del Congreso pretende combatir la perversa consigna neoliberal que identifica la crisis como la consecuencia individual de “haber vivido por encima de nuestras posibilidades” o como el resultado de un déficit de flexibilidad laboral. Es este marco de decisión colectiva, que ha sido efectivamente “asaltado” por poderes económicos en ningún caso embridados, el que la ideología neoliberal interpreta mentirosamente en términos de “deuda”. No es deuda (individual), es un asalto (colectivo).

La estrategia era esta: en una coyuntura de “extrema agresividad”, como se ha reconocido sin eufemismos, en el que un estado de excepción constitucional se nos impone desde los mercados, ¿no se está criminalizando como “radicalidad” justo lo que trata de defender el sentido común? ¿Quién ha “asaltado” y ocupado el Congreso? Con esta consigna no se trata solo de entrar en la batalla semántica de la resignificación, sino en la de la hegemonía social: conectar con otras luchas y ganarse el consentimiento de una parte de la población que probablemente, de entrada, va a sentirse más próxima a una consigna como esta que bajo una reflexión sobre la apertura inmediata de un proceso constituyente, un punto que necesariamente introduce una dimensión vertical de la discusión y por ello ciertos riesgos.

Lo interesante de rescatar el Congreso es que desarrolla una estrategia que, en una coyuntura de acelerada deslegitimización, cree más urgente “ocupar” el sentido común que el poder. En nuestra actual coyuntura ¿no es más inteligente construir poder político empezando por una lucha paulatina y prolongada que cale en el sentido común? Lanzarse a una apertura creíble de un proceso constituyente exige antes un escenario en el que la distancia entre los convocantes y la masa crítica sea menor que la ahora existente.

En este sentido, tampoco es un dato políticamente irrelevante el que la consigna “Rescata el Congreso” priorice una reflexión acerca de nuestras posibilidades “secuestradas” de acción colectiva sobre una exigencia voluntarista de acción. Este giro, dicho de otro modo, cuestiona ese modelo quijotesco de acción que considera que solo basta que el pueblo quiera algo de verdad para que lo consiga; el problema del planteamiento inicial es que el énfasis en una acción “contundente” y no simbólica parece olvidar que el primer paso no pasa tanto por querer, pedir o exigir como adquirir y acumular el poder político suficiente para querer, pedir y exigir. Y siguiendo este hilo, sobrevalorar la exigencia o ultimátum inmediato de apertura de un proceso constituyente desde estas claves finalistas no se apoya en un diagnóstico realista de la coyuntura actual, presuponiendo que las condiciones objetivas para una insurrección popular ya están “dadas” y solo cabe encender la mecha.

Bajo este ángulo, la consigna “Rescata el Congreso”, ¿no busca anteponer el debate pedagógico del “cómo” y las condiciones de posibilidad al “qué” de la toma del poder? ¿Delinear previamente el campo de juego de la lucha política, de las alianzas y sus líneas de fuerza antes que partir de un escenario de bloques, como si fuera un partido de rugby con dos bandos antagonistas (pueblo-poder) ya prefijados en un combate de suma cero? ¿No necesitamos construir políticamente el indeterminado escenario de las alianzas en el que nos encontramos antes de exigir la apertura de un proceso constituyente? Si estas preguntas tienen sentido, no encerrarse de antemano en una consigna marginal es importante.

Mucha gente sintió que, más que atenerse modestamente al análisis de la situación, la convocatoria inicial parecía querer plegar la realidad a sus loables intenciones. Incidiendo con su consigna más modestamente en el “secuestro” de nuestra voluntad que en la reclamación inmediata de una apertura constituyente, los pasos que se están dando parecen comprender no solo la necesidad de oponerse a este capitalismo neoliberal de casino, sino también al peligro que pueden tener determinadas reacciones, por bienintencionadas que sean, al mismo, una cuestión que fue destacada en muchas críticas iniciales a la convocatoria.

Si no damos pacientemente forma a esta impaciencia a través de pequeños pasos, con modestia y sin saltos, recuperando el suelo de nuestras fatigosas, pero imprescindibles prácticas asamblearias, nuestra buena voluntad de atajar puede llegar a ser contraproducente y allanar el camino al enemigo. Si la dinámica se termina enrocando en el fácil diagnóstico de que el Congreso, los sindicatos, los partidos reformistas y el espectro parlamentario en su conjunto son simples marionetas al servicio del poder, se puede correr el riesgo de no distinguir entre democracia y fascismo y asfixiar el espacio de lo político. Es esta posibilidad de deriva demagógica antipolítica, sin embargo, la que se ha interpretado ya de modo injusto como hecho consumado desde algunas críticas incomprensiblemente furibundas a la PEP. En la crítica al parlamentarismo de la convocatoria, estas han creído ver resucitar un viejo fantasma: la denuncia radicalizada, de fatales consecuencias en la historia de la izquierda, del “socialfascismo”.

La gravedad del panorama y la comprensible y digna urgencia por decir “basta” lamentablemente no garantizan ningún paso hacia adelante si este subestima la correlación de fuerzas existente. En un momento tan crítico como el que padecemos, la agitación de consignas maximalistas desprovistas de sus condiciones reales de aplicación y ajenas al movimiento real de toda la sociedad, puede ser más un signo de nuestra impotencia que de nuestro poder efectivo. Hay que reconocer que, en una exigencia, sea cual sea, el simple criterio de la posibilidad de su realización y de su acercamiento a mayorías es un punto decisivo.

Ciertamente, del manifiesto de PEP parece deducirse que sus convocantes entienden que la gravedad de nuestra situación no está para esperar más y que es mejor equivocarse haciendo algo, aun sin un mapa definido, que tener un diagnóstico correcto y seguir bajando la cabeza. Este argumento, que es legítimo, sin embargo, no tiene tanto en cuenta que, aunque los pasos en falso pueden ser acicates formativos decisivos para ganar peso social, acelerar la dinámica y clarificar las relaciones de poder, si estos no van acompasados por una masa crítica efectiva que materialice y encarne con su acciones cotidianas estas exigencias, pueden desembocar en la impotencia melancólica de las grandes expectativas incumplidas.

Es desde la óptica de esta urgencia desde la que se sacrifican cuestiones importantes, que se vuelven así significativamente secundarias, como los efectos laterales y las consecuencias indeseadas, así como la posibilidad de que esta llamada a la destitución del poder constituido y la construcción de un proceso constituyente sirva para que aparezcan aventureros de todo tipo, oportunistas demagogos o, peor, cooptaciones fascistas, una preocupación esta última totalmente factible a la luz de la desafección española hacia la política, el cinismo predominante, así como el estado de shock y de miedo que paraliza a grandes núcleos de la población. Frente a esto, limitarse a argumentar que, con la propuesta “descafeinada” de la Coordinadora 25S, 40.000 personas que se han mostrado favorables a la iniciativa en las redes sociales se han visto “defraudadas”, es, perdón por la comparación, como defender que, por contar con el apoyo del 7,9% del electorado español, debe presentarse la candidatura oficial de Belén Esteban a la presidencia del gobierno.

Llegados aquí, se dirá: “toda esta palabrería típica del 15M está muy bien, pero al menos la primera convocatoria proponía una invitación abierta ‘de las palabras a la acción’. También los ‘pasos en falso’ pueden servirnos para aprender, sacudir la pasividad y pasar a un nivel superior de la concienciación colectiva”. Bien, pero ¿debe la estrategia política guiarse solo por la necesidad de acción, por un espontaneísmo privado de una lectura más matizada de la situación y de sus profundas resistencias aún existentes a la politización del discurso?

Por otro lado, ¿supone este énfasis sobre el “rescate” un “paso atrás”, la típica coartada y claudicación “reformista” y “pusilánime” del 15M, la de esperar pasivamente? No: supone modular la acción en dirección a la articulación de una voluntad colectiva atenta al curso del desarrollo de nuestra situación concreta y sus complejas interrelaciones y no a un voluntarismo determinado por una hoja de ruta más o menos perfilada a la espera de ser puesta en práctica.

Aunque pudiera parecer que la inflación discursiva en torno al 25S –no toda, ciertamente, constructiva y, en algunos casos puntuales, irrisoriamente “conspiranoica”- solo indica nuestra preocupante resistencia a articular nuestro malestar individual en dinámicas de actuación generales, la controversia en torno al 25S también es indicio de un proceso de discusión políticamente más afinado a raíz de la presión que marca la grave situación. De ahí el gran mérito de todas las iniciativas, como la de la Coordinadora 25S, orientadas a levantar puentes entre las distintas posiciones, participando en la acción, matizándola e intentando dotarla de más peso hegemónico. Por un lado, insistiendo en la necesidad de que la convocatoria sea más transparente y menos ensimismada en sus postulados, tratando de no perder el imprescindible consentimiento de sectores sociales más amplios; por otro, politizando el escenario, como se revela en su Manifiesto, sin esconder bajo la alfombra de un civismo demasiado abstracto la existencia del conflicto.

En este sentido, podría ser un riesgo para el futuro que la recusación del 25S por parte de algunas asambleas del 15M proviniera solo del horror a un consenso político con otras iniciativas y el miedo a perder los sentimientos grupales de autoestima y reconocimiento alcanzados dentro de muchos y fructíferos espacios de trabajo. Pese a sus excesos voluntaristas y su inicial ambigüedad, la convocatoria del 25S ha tenido, en efecto, el mérito de sacudir, dentro del movimiento, ciertas inercias acomodaticias y cierto aire de autocomplacencia (“participo en la dinámica de mi grupo, intensifico mi sensación de pertenencia, pero pierdo el horizonte general”).

Resulta muy tentador sustraerse a las correosas resistencias de la realidad, la represión de la Delegación de Gobierno y el ninguneo o, lo que es peor, la caricaturización mediática intensificando esta oasis grupal, pero ¿esta opción no corre el riesgo de ir convirtiendo el 15M en algo parecido al formato de una ONG? ¿No necesitamos crecer políticamente y ampliar el radio de acción con otras fuerzas y alianzas sociales? ¿Y no lo estamos haciendo ya tímidamente en este debate en torno al 25S? ¿Quién hace un año podría prever que en estos días seguimos aprendiendo y discutiendo nada menos que acerca de la posibilidad de abrir un proceso constituyente?

Madrilonia.org

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